(...) horas antes de que el prior recorriera los pasillos del Santo Capitolio, muy, muy lejos de allí, en la esfera conocida como el Infierno, una figura vestida de gris, encapuchada, y de cuerpo mediano y delgado, caminaba con cierta prisa por una calzada llena de ceniza. A ambos lados de la misma había diversos volcanes que no emanaban lava y fuego, sino un oscuro y tóxico humo negro que llenaba el aire. Había árboles allí además, pero eran retorcidos y arrugados, como salidos de una horrible pesadilla. Además, varios nubarrones negros se arremolinaban en el cielo, descargando relámpagos y rayos que a menudo impactaban contra las rocas del lugar, produciendo temblores y llamaradas.
A aquel ser se lo solía llamar Loto Negro, y mientras iba caminando, pensaba en sucesos de antaño, relacionados con aquel lugar. De pronto divisó en la distancia una extraña construcción entre dos volcanes y se dirigió con rapidez hacia allí. Pese a que parecía un punto gris insignificante, las criaturas demoníacas que se cruzaban con él le cedían el paso, bien por temor o quizás bien por intentar ignorarle. Los Espectros lo consideraban un historiador loco, los Diablos de la Noche lo consideraban un ser que las tinieblas ni siquiera se atrevían a tocar, y en general, la mayoría de las criaturas del Infierno simplemente no querían saber de él. Y es que aunque investigaran, la única verdad que podrían llegar a saber era que Loto Negro era inmune al paso del tiempo. Había sido creado hace miles de años y era tan viejo como el mismísimo Innombrable, la maligna entidad que gobernaba el lugar, que carecía de forma física definida y de la que por tanto, poco se sabía. Sus siervos sólo escuchaban el sonido de su estruendosa voz, capaz de helar el ánimo de cualquier ser, y sólo veían un atisbo de su presencia, una masa palpitante de oscuridad absoluta que causaba repulsa y desesperación a todos los que osaban acercarse a contemplarla.
Loto Negro se detuvo al fin, junto a un grupo de Demonios de la Escarcha que apilaban bloques negros. Se quitó la capucha, revelando ser un humanoide de aspecto juvenil, ojos grises y un ondulado cabello gris que le caía a ambos lados del afilado rostro, el cuál era tan bello y pulido que difícilmente se podía decir si pertenecía a un hombre o a una mujer.
-¿Qué es aquello? –preguntó con voz suave a los demonios, señalando la descomunal puerta en construcción.
-La Puerta –susurraron aquellos seres cristalinos cubiertos de hielo-. La Puerta de Belcebú, así la llama su excelentísima majestad el Innombrable.
-¿Para qué sirve?
-Nosotros sólo construimos –susurraron de nuevo-. Él dice “construid la puerta” y nosotros obedecemos.
-Pero alguien sabrá para qué la quiere...
-¡Nosotros no hacemos preguntas! Nosotros sólo trabajamos...
Loto Negro se sintió muy intrigado y dado que en todos sus años de existencia nunca había visto nada semejante, continuó acercándose a los demonios que trabajaban sin cesar, preguntándoles una y otra vez, sin obtener respuesta alguna...
A aquel ser se lo solía llamar Loto Negro, y mientras iba caminando, pensaba en sucesos de antaño, relacionados con aquel lugar. De pronto divisó en la distancia una extraña construcción entre dos volcanes y se dirigió con rapidez hacia allí. Pese a que parecía un punto gris insignificante, las criaturas demoníacas que se cruzaban con él le cedían el paso, bien por temor o quizás bien por intentar ignorarle. Los Espectros lo consideraban un historiador loco, los Diablos de la Noche lo consideraban un ser que las tinieblas ni siquiera se atrevían a tocar, y en general, la mayoría de las criaturas del Infierno simplemente no querían saber de él. Y es que aunque investigaran, la única verdad que podrían llegar a saber era que Loto Negro era inmune al paso del tiempo. Había sido creado hace miles de años y era tan viejo como el mismísimo Innombrable, la maligna entidad que gobernaba el lugar, que carecía de forma física definida y de la que por tanto, poco se sabía. Sus siervos sólo escuchaban el sonido de su estruendosa voz, capaz de helar el ánimo de cualquier ser, y sólo veían un atisbo de su presencia, una masa palpitante de oscuridad absoluta que causaba repulsa y desesperación a todos los que osaban acercarse a contemplarla.
Loto Negro se detuvo al fin, junto a un grupo de Demonios de la Escarcha que apilaban bloques negros. Se quitó la capucha, revelando ser un humanoide de aspecto juvenil, ojos grises y un ondulado cabello gris que le caía a ambos lados del afilado rostro, el cuál era tan bello y pulido que difícilmente se podía decir si pertenecía a un hombre o a una mujer.
-¿Qué es aquello? –preguntó con voz suave a los demonios, señalando la descomunal puerta en construcción.
-La Puerta –susurraron aquellos seres cristalinos cubiertos de hielo-. La Puerta de Belcebú, así la llama su excelentísima majestad el Innombrable.
-¿Para qué sirve?
-Nosotros sólo construimos –susurraron de nuevo-. Él dice “construid la puerta” y nosotros obedecemos.
-Pero alguien sabrá para qué la quiere...
-¡Nosotros no hacemos preguntas! Nosotros sólo trabajamos...
Loto Negro se sintió muy intrigado y dado que en todos sus años de existencia nunca había visto nada semejante, continuó acercándose a los demonios que trabajaban sin cesar, preguntándoles una y otra vez, sin obtener respuesta alguna...

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